DISCURSO
SR. MAURICIO FUNES
PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA
LANZAMIENTO DEL CONSEJO DE SEGURIDAD ALIMENTARIA Y NUTRICIONAL
16 DE OCTUBRE DE 2009.
Amigas, amigos:
Gracias a todos por acompañarnos esta mañana.
La creación y establecimiento del Consejo Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional es un hecho al que adjudico una gran trascendencia. Significa a nuestro entender un paso esencial en materia de política social, que tiene una influencia innegable en el desempeño de la economía y, desde ya, en el futuro de nuestra Nación.
Es, antes que nada, una decisión de mi gobierno que está precedida, primero, por una toma de conciencia activa de la magnitud de uno de los mayores dramas del país, de la región y del mundo; y, luego, por la voluntad política de asumir sin dilaciones, sin medias tintas, el combate que debemos librar contra el hambre y la desnutrición.
La temática de la nutrición y la seguridad alimentaria es amplia, compleja y abordarla como es debido nos llevaría un tiempo que excede los de un discurso de esta naturaleza. Por eso, quiero referirme en esta ocasión a lo más dramático y urgente, que es el problema del hambre y la desnutrición.
La magnitud, extensión, persistencia y hasta agravamiento de estos dramas mundiales no son una fatalidad, no son una realidad que no podamos cambiar. Son un efecto de la injusticia estructural que caracteriza a gran parte de la sociedad mundial, en la que el acceso a los alimentos es tan solo una manifestación de esta insoslayable inequidad..
Las causas del hambre y la desnutrición van más allá, en efecto; hay que buscarlas en esa desigualdad social, en la pobreza, la falta de empleo, los bajos ingresos, el alto costo de la vida, los insuficientes niveles de educación, las malas condiciones de producción de alimentos y, por ende, la escasez de los mismos.
Pero, insisto, nada de esto es una fatalidad.
Es, exclusivamente, producto de la inacción o de las malas acciones de quienes tienen en sus manos la toma de decisiones. Es decir, es responsabilidad de las dirigencias políticas, empresariales, culturales y sociales.
El número de personas que sufren hambre en el mundo se incrementará un 9% este año. En buenas cuentas, superará los mil millones de personas.
Según la Organización Mundial de la Salud, hay más de 9 millones de muertes por año por causa del hambre. Dicho de otro modo, unas 25 mil personas mueren en un solo día por esta causa, que es una consecuencia de la pobreza.
En América Latina y el Caribe, las crisis económica mundial y la de producción de alimentos elevaron a 53 millones la cifra de quienes sufren hambre. Eso significa el 10% de la población.
En este contexto, la situación de Centroamérica y el Caribe es más grave, puesto que sus registros están por encima de los de las otras naciones latinoamericanas.
En Guatemala, por ejemplo, donde su gobierno ha declarado el estado de calamidad pública a causa del hambre, casi la mitad de los niños y niñas menores de cinco años padece desnutrición crónica.
Exactamente un 49% de la población de cero a cinco años.
En nuestro caso, El Salvador, 2 de cada 10 menores de cinco años padece también desnutrición crónica.
Si estas cifras son inaceptables de por sí, lo son aún más porque mundialmente hay posibilidad de producir alimentos suficientes para todos.
En un informe de hace diez años, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo señalaba que, pese al incremento de casi el 25% de la producción de alimentos, había 840 millones de personas hambrientas y desnutridas en el mundo.
Diez años después, como hemos visto, esa cifra ha ido creciendo y ha superado los mil millones, a pesar de las declaraciones y compromisos de reducir significativamente el hambre y la desnutrición, de parte de todas las naciones del mundo. Tal es el caso de la Cumbre Mundial de Alimentos de 1996 y la firma de la Declaración del Milenio del 2000.
En nuestro país, de acuerdo con la última evaluación nacional del cumplimiento de los Objetivos del Milenio, la meta de reducción de la desnutrición no se podrá cumplir para el 2015.
Es evidente que la despreocupación gubernamental y la consecuente falta de políticas serias, eficientes y permanentes es la razón de este impedimento.
Hay, pues, que tomar decisiones sensatas, pero igualmente ambiciosas en esta materia si de veras deseamos combatir con éxito el hambre y la desnutrición, que degradan el capital humano de las sociedades que más necesitan aprovecharlo y conducirlo hacia el desarrollo sostenible.
Mi gobierno reconoce que la decisión de librar este combate es un imperativo moral, pero no tan solo eso: es también una condición previa para alcanzar el crecimiento que anhelamos como pueblo y como nación.
Sin duda, a la vista de los resultados que podemos observar en El Salvador, en Centroamérica y en otras regiones del mundo, se ha subestimado el papel que la nutrición y la seguridad alimentaria tienen en la formación de los recursos humanos, vitales para el desarrollo económico, social y cultural.
Un reciente estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), que analiza el impacto de la crisis mundial en las economías de la región, advierte que se hacen necesarios esfuerzos extras para atenuar dichos impactos negativos. En coincidencia con esta línea de pensamiento, nuestro gobierno promoverá intervenciones de políticas públicas de gran envergadura en materia de seguridad alimentaria y nutricional, atendiendo básicamente a los dramas del hambre y la desnutrición infantiles, por las consecuencias que ellas tienen en la vida de nuestras hijas e hijos y el futuro poblacional del país.
Amigas, amigos:
Este día estamos dando el primer paso institucional en esa dirección.
El Consejo que hoy establecemos, como se ha dicho, será presidido y coordinado por mi esposa Vanda, Secretaria de Inclusión Social y Primera Dama de la República y lo integran, además, el Secretario Técnico de la Presidencia, la Ministra de Salud Pública y el Ministro de Agricultura y Ganadería.
Pero en un segundo nivel, participan también, como ejecutores de políticas y de consulta, todos los organismos del gobierno. Y, desde ya, los organismos internacionales con competencia en el tema y organizaciones no gubernamentales que puedan efectuar sus aportes a la tarea de la definición de las grandes líneas de acción en esta materia.
El decreto que hoy he firmado encomienda a este Consejo la formulación de la Política Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional, para lo que podrá convocar a todos los miembros del órgano ejecutivo, quienes estarán obligados a atender su convocatoria.
Este decreto establece, también, que el Consejo será convocado por la Secretaria de Inclusión Social, se reunirá cada 15 días y extraordinariamente cuando así lo dispongan sus integrantes.
Como todas las políticas sociales del gobierno, la de seguridad alimentaria y nutricional está fundada en el reconocimiento de derechos.
Con otras palabras, la alimentación es un derecho humano, consagrado en la declaración universal de derechos humanos de las Naciones Unidas y también por la Constitución de la República.
La consecuencia directa de este reconocimiento para el Estado es la obligación de defender, proteger y hacer cumplir ese derecho, para lo que debe formular programas y políticas, destinar recursos económicos y, además, garantizar otros derechos, como la educación, la salud, la vivienda, y el acceso a los servicios básicos.
La experiencia mundial en el combate del hambre y la desnutrición, sobre todo en la población menor de cinco años, nos muestra que los resultados no se ven de la noche a la mañana, que no son el fruto de medidas de alto impacto pero sin sustentabilidad y permanencia; en fin, que no hay una solución definitiva y única.
Por el contrario, como es el caso exitoso del Brasil, para citar sólo un ejemplo latinoamericano, se requieren políticas estables, de largo alcance, inversiones sostenidas, intervenciones en diversas áreas simultáneamente y una continua revisión de las estrategias a aplicar.
Estamos convencidos de que una buena política social, de inclusión y promoción de las personas, será, a la vez, una buena política económica, de crecimiento productivo, generación de empleo y mejoramiento de las condiciones de vida de la sociedad.
Pero también estamos concientes de la gradualidad de estas políticas que la realidad crítica del país nos impone. Porque las mayores necesidades se expresan justamente en los momentos de más fuerte crisis, que son en los que el gobierno dispone de menores recursos.
Sin embargo, las crisis permiten llegar al fondo de los problemas y vislumbrar mejor las soluciones. La presencia del Ministerio de Agricultura y Ganadería en este Consejo se debe a que la recuperación de nuestro campo, como fuente de producción de alimentos, es un factor esencial del éxito de estas políticas.
Nuestro agro, mientras en el mundo crecía la demanda de alimentos y los precios de los mismos, se vio sometido al abandono y fue perdiendo el protagonismo que tuvo hace décadas atrás. Dejamos de ser un país productor y nos convertimos en un país importador de alimentos y perdimos el potencial productor que nos llevará tiempo recuperar.
Pero es mi decisión sentar las bases para esa recuperación y devolverle al campo la pujanza que tuvo para así garantizar el consumo nacional y participar del comercio mundial de alimentos, que será creciente, sin lugar a dudas.
Amigas, amigos:
Tengo puestas muchas esperanzas en la labor del Consejo, que hoy comienza. Necesitamos dejar definitivamente atrás el asistencialismo -siempre insuficiente, siempre ineficiente, siempre clientelar- para abrazar de una vez por todas una política de Nación de largo alcance que superará el alcance temporal de este gobierno, pues, repito, el éxito de estas políticas se logra con su continuidad en el tiempo, siempre mayor que un período de cinco años de un mandato.
Quiero agradecerle esta iniciativa a mi esposa Vanda, que se ha echado al hombro la enorme responsabilidad de conducir el combate frontal y sin tregua contra el hambre y la desnutrición.
Quiero agradecer a todos los miembros del gabinete que la asisten en esta tarea.
También a los organismos internacionales que nos apoyan y e impulsan: sepan que esta vez El Salvador asume seriamente el desafío de la seguridad alimentaria y nutricional.
Antes de finalizar quiero expresarles una convicción.
Estoy persuadido que así como la buena batalla por la paz y la seguridad, contra el crimen y el delito, es una tarea que no tendrá éxito total si no es regional, igualmente, de la mano los países centroamericanos debemos asumir este combate contra el hambre.
Es evidente que nuestras economías son débiles, que la deuda social es enorme, que son insuficientes los recursos propios. Debemos, entonces, unir nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestros esfuerzos para librar juntos este gran combate.
Trabajaré por una Centroamérica sin hambre..
Hablaré con mis colegas de la región, golpearé la puerta de nuestras organizaciones multilaterales y de los organismos de crédito, ayuda y cooperación, aprovecharé todos los foros regionales y mundiales para llevar este desafío a conocimiento de la comunidad internacional.
En esto nos jugamos lo más valioso que tenemos que es la vida y las oportunidades de nuestras futuras generaciones. Nos jugamos el destino de nuestros países.
Nuevamente, muchas gracias por la atención que me han prestado y por la ayuda que nos darán para que el Consejo que hoy instalamos tenga el mayor éxito en su tarea de garantizar la seguridad alimentaria y nutricional.
Que Dios bendiga a El Salvador.
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